Daniel López López
¿Y por qué te cuento esto al principio? Porque tiene una consecuencia enorme en la que casi nadie ha pensado hasta el final: si la norma no decide por ti si el color de marca está bien, alguien lo tiene que decidir. Y hoy, en la mayoría de imprentas, lo está decidiendo la peor fórmula posible: la frase «yo lo veo distinto», pronunciada por un cliente con el impreso en la mano, después de imprimir, cuando ya no hay solución barata.
En este artículo voy a explicarte cómo ponerle números al color, qué significan de verdad esos números y, sobre todo, cómo pactar con tu cliente unas tolerancias que os protejan a los dos antes de que la máquina arranque. Ponte cómodo, porque esto te va a ahorrar discusiones, repeticiones y algún que otro abono.
Por qué «se ve bien» no significa nada
Empecemos por desmontar el criterio que todos usamos: el ojo. El ojo humano es una maravilla comparando dos colores puestos uno al lado del otro, pero es un desastre recordando. La memoria del color es tan mala que, sin una referencia física delante, somos incapaces de recordar con precisión un tono concreto de un día para otro. Y tu cliente no compara su trabajo con una referencia: lo compara con el recuerdo que tiene de su color, o con el impreso del año pasado que guarda en un cajón (y que, por cierto, lleva un año amarilleando).
Añade la iluminación: tú miras el pliego en el taller y el cliente en su despacho, con una luz que no tiene nada que ver. El mismo impreso, bajo dos luces distintas, puede verse diferente, y eso no es un defecto de nadie: es pura física. Y para rematar, cada uno mira una cosa: el cliente clava el ojo en su logotipo, tú miras el conjunto del pliego.
Resumiendo: si el veredicto depende de un «se ve bien» pronunciado por personas distintas, en lugares distintos, con luces distintas y comparando contra recuerdos distintos… no tienes un criterio de calidad. Tienes una lotería.
Delta E: ponerle un número al «parecido»
La ciencia del color resolvió este problema hace décadas con una idea muy elegante: colocar todos los colores en un espacio tridimensional, el famoso CIELAB, donde cada color tiene sus coordenadas. L* indica la claridad (0 es negro, 100 es blanco), a* se mueve del verde al rojo y b* del azul al amarillo. Piensa en unas coordenadas GPS, pero para colores.
Y aquí viene lo bueno: si cada color es un punto en ese espacio, la diferencia entre dos colores es, simplemente, la distancia entre sus dos puntos. Esa distancia es el famoso Delta E ( E). Un E de 0 significa que ambos colores son idénticos; cuanto mayor es el número, más diferentes son. Por fin algo objetivo: se acabó el «un poco más vivo» o el «me lo noto apagado». Ahora hay un número.
¿Y cuánto E es aceptable? Aquí volvemos a lo que te contaba al principio: para un color directo en producción, la normativa no te da esa cifra. (Un apunte para los más técnicos: en las pruebas de color contractuales sí existe tolerancia, la ISO 12647-7 exige un máximo de 2,5 E00 en los sólidos de tintas directas; pero una prueba es una prueba, no una tirada de producción, que es de lo que hablamos aquí.) Lo que sí existen son estudios de percepción realizados con personas, en los que se les mostraban colores y se registraba a partir de qué diferencia la detectaban. ¿La conclusión? Al superar un valor de 3 (medido con la fórmula moderna E00, ahora te cuento qué es eso de las fórmulas), la mayoría de los observadores empezaba a ver la diferencia de color. De ahí viene ese «3» que tantas veces habrás oído: no es una ley ni una norma, es el punto donde el ojo de la mayoría empieza a notar el cambio. El sector lo ha adoptado como referencia de trabajo y, como referencia, funciona muy bien. Pero que nadie te lo venda como «lo dice la ISO».
No todos los E son iguales (y aquí empiezan los líos)
Ahora viene un detalle que mucha gente del sector desconoce y que provoca discusiones incluso entre profesionales: cuando alguien te diga «tengo un E de 3», pregúntale con qué fórmula lo ha calculado. Sí, hay varias. Y no dan el mismo número.
La fórmula original de 1976 ( E*ab, el « E76» de toda la vida) es la distancia pura y dura entre los dos puntos. Sencilla y matemáticamente impecable, pero con un problema: nuestro ojo no percibe todas las zonas del espacio de color por igual. Somos mucho más sensibles a pequeñas diferencias en colores neutros y apagados (grises, tonos piel, pasteles) que en colores muy saturados. ¿Resultado? Dos naranjas intensos con un E76 de 4 pueden parecerte prácticamente iguales, mientras que dos grises con un E76 de 2 te cantan a la primera. Mismo tipo de número, sensación completamente distinta.
Para corregir esto se creó la fórmula CIEDE2000 ( E00), que pondera las diferencias según la zona del espacio de color donde te encuentres, imitando mucho mejor el comportamiento del ojo humano. Por eso el sector lleva años migrando a E00 y por eso es la que te recomiendo utilizar.
¿Ves el problema? El mismo par de colores puede darte un valor con una fórmula y otro distinto con la otra. Si tu cliente (o su agencia, o su responsable de marca) habla de E00 y tú mides en E76, estáis discutiendo con números que no son comparables. Primer acuerdo grabado a fuego: la fórmula se pacta. Y mi recomendación es clara: E00.
Lo que el E no te cuenta: el H, la diferencia de tono
Aun con la fórmula clara, deja que te enseñe dos matices que separan al aficionado del profesional.
El primero casi nadie lo conoce. El E te dice cuánto se han alejado dos colores, pero no hacia dónde. Y no es lo mismo desviarse en claridad (más claro o más oscuro), que en saturación (más vivo o más apagado), que en tono (que el color «vire» hacia otro color). De las tres direcciones, la que el ojo perdona peor es el tono: un gris corporativo que se va ligeramente hacia el verde canta muchísimo más que esa misma magnitud de desviación en claridad. Para vigilar esto existe el H, que mide específicamente la diferencia de tono. El E00 es, desde hace años, el valor utilizado para comparar los colores directos; pero cada vez se tiene más en cuenta acompañarlo también de un límite de H, porque así no solo controlas cuánto se ha movido el color, sino si se ha movido hacia donde más duele. Dos colores pueden tener exactamente el mismo E y ser uno aceptable y el otro no: el H es quien te lo destapa.
El segundo matiz: no es lo mismo la primera hoja que toda la tirada. Una cosa es la desviación (cómo de lejos está tu hoja OK de la referencia pactada) y otra la variación (cuánto baila el color a lo largo de la tirada). Puedes clavar la hoja OK y luego tener una tirada que sube y baja como una montaña rusa. Un pacto profesional contempla las dos cosas.
Tinta directa o CMYK: el mismo color, dos pactos diferentes
Y aquí llegamos al punto donde se equivocan hasta los buenos. Cuando hay que evaluar un color directo (el color de marca de tu cliente, por ejemplo), lo primero que hay que preguntarse no es en qué máquina se imprime, sino cómo se construye ese color. Y solo hay dos respuestas posibles.
Opción uno: se imprime como tinta directa. Una tinta formulada físicamente para ese color, en la cocina de tintas o por tu proveedor, con su receta ajustada sobre tu sustrato. Esto se puede hacer en offset, en flexo, en serigrafía… El color se imprime como un sólido y, sobre ese sólido, puedes medir, comparar contra la referencia y comprometerte a tolerancias estrictas de E00 y H. Aquí tienes el control del color desde su origen: la propia tinta.
Opción dos: el color se construye en CMYK, combinando las tramas de los cuatro colores. Y fíjate que no he dicho «en digital»: en offset también se imprime en CMYK constantemente. La diferencia no está en la tecnología, está en cómo se construye el color. Y aquí hay una regla que tienes que grabarte: las diferencias E solo se pueden medir con rigor sobre colores sólidos, nunca sobre combinaciones de tramas CMYK. Un color simulado en cuatricromía ya no es un sólido: es una combinación que depende del equilibrio simultáneo de hasta cuatro tintas, donde cualquier pequeña variación de una de ellas mueve el resultado.
¿Y la impresión digital? Pues aquí viene el error más extendido del mercado. Como la máquina digital solo puede construir el color en CMYK, hay quien abre el perfil ICC, comprueba que el color «está dentro del gamut» y le promete al cliente el mismo resultado que con la tinta directa. Error. Aunque el perfil te diga que ese color es reproducible, no le puedes exigir el mismo resultado ni la misma calidad que a una tinta formulada: son cosas totalmente diferentes. Una es un sólido de una tinta hecha a medida; la otra, una trama de cuatro colores que se aproxima a él. Y eso en el mejor de los casos, cuando el color cae dentro del gamut; si cae fuera, ninguna máquina, perfil ni técnico del mundo podrá alcanzarlo. ¿Pueden convivir las dos opciones? Perfectamente. Lo que no pueden es pactarse igual: para el color construido en CMYK, la vía profesional es imprimir una muestra física, que el cliente la apruebe, y que esa muestra firmada se convierta en la referencia de las siguientes producciones.
¿Y si el mismo trabajo combina, dentro de la misma campaña, packaging en offset con tintas directas y piezas en digital en CMYK? Es el pan de cada día en muchas imprentas. Entonces el pacto necesita una pieza más: definir un objetivo de color común que ambas construcciones puedan alcanzar y enseñárselo al cliente antes de producir, no después. Dos formas de construir el color, dos pactos distintos. Quien entiende esto deja de prometer imposibles; y quien deja de prometer imposibles, deja de pagar reclamaciones.
El método: los siete acuerdos del color
Vamos a lo práctico. Esto es lo que tienes que dejar pactado con tu cliente antes de que la máquina arranque. Siete acuerdos. Ninguna debería de ser opcional.
1. La referencia. El color objetivo tiene que ser un valor medible: unas coordenadas Lab (o mejor aún, datos espectrales; existe hasta un formato normalizado para intercambiarlos, el CxF) definidas sobre el sustrato real del trabajo. «El Pantone tal» no es suficiente referencia: la guía física está impresa en un papel que no es el tuyo, cambia con las ediciones y envejece con el tiempo. Y la pantalla del portátil del cliente, directamente, no es una referencia: es una fuente de problemas.
2. La fórmula. E00 y, para los colores de marca delicados, acompañada de un límite de H. Por escrito.
3. Cómo se mide. La condición de medición no tiene por qué ser una en concreto: puede ser M0, M1 o incluso M2. Lo importante es pactar cuál se utilizará, porque en papeles con blanqueadores ópticos los resultados entre una y otra pueden variar mucho, y si cada uno mide con una condición distinta, estáis comparando peras con manzanas. Añade el respaldo definido (blanco o negro), iluminante D50 y observador de 2°. Y a poder ser, el mismo espectrofotómetro o instrumentos correlacionados entre sí, porque dos aparatos distintos midiendo el mismo parche pueden darte diferencias de varias décimas de E. Sí, has leído bien: parte de tu tolerancia se la puede comer el propio instrumento.
4. Dónde y cuántas veces. Se mide sobre los parches sólidos de la tira de control, no dentro de la imagen. Y se pacta el muestreo: la hoja OK firmada y una media de varias hojas repartidas a lo largo de la tirada.
5. Cuánto. Recuerda: en producción, la norma no fija la cifra de los colores directos, así que la tolerancia es exactamente eso, un pacto (justo lo que la ISO 19302 establece: de mutuo acuerdo entre cliente e impresor). Como punto de partida tienes el 3 E00 de los estudios de percepción: por debajo, la mayoría de la gente no verá la diferencia. Para un color de marca crítico impreso en tinta directa se suele exigir bastante menos; para trabajo comercial general se puede holgar algo más; y en las reimpresiones, lo que de verdad importa es la consistencia con el trabajo anterior aprobado, casi más que el valor absoluto. Y un consejo de negocio: no regales tolerancias imposibles. Bajar la exigencia de E cuesta dinero real (más controles, más arranques, más merma, mejor materia prima). Una tolerancia estricta es un servicio premium y, como tal, se presupuesta.
6. Cómo se mira. Si además de medir habrá evaluación visual (y con colores de marca la habrá), se hace en cabina normalizada con luz D50. No en el despacho del cliente, junto a la ventana, a las seis de la tarde.
7. Qué pasa si se supera. Quién mide, con qué instrumento, si se remide y se promedia, y qué documento cierra la aceptación (normalmente, la firma de la hoja OK). Decidirlo antes cuesta cinco minutos; decidirlo después cuesta una reclamación.
La prueba: control del color durante la tirada
Un pacto sin pruebas es una discusión aplazada. La buena noticia es que hoy existen sistemas de control de calidad de color que miden durante la propia impresión: desde sistemas de escaneado de la tira de control en el pupitre hasta sistemas de medición integrados en la máquina que van leyendo mientras se imprime.
¿Qué consigues con ellos? Dos cosas muy valiosas. La primera: el maquinista deja de trabajar a ciegas. Ve en tiempo real si el color se mantiene dentro de lo pactado y puede corregir antes de que la desviación se convierta en pliegos malos. La segunda, y esta es la que casi nadie aprovecha: al terminar, el sistema genera un informe con las desviaciones de color de toda la tirada. Un documento objetivo que puedes entregar al cliente junto con el trabajo: «esto es lo que pactamos y así se ha cumplido, medido durante toda la producción».
¿Te imaginas la conversación del «yo lo veo distinto» con ese informe encima de la mesa? Exacto: ya no hay conversación. Y de regalo, ese informe es una herramienta comercial de primera. Pocas cosas transmiten más profesionalidad que demostrar el color con datos en lugar de defenderlo con palabras.
Ponlo por escrito: la cláusula que vale una tirada
Todo lo anterior cabe en un párrafo dentro de tu presupuesto o confirmación de pedido. Algo así:
«La evaluación de color se realizará por medición espectrofotométrica sobre los parches sólidos de la tira de control, con fórmula E00 (y límite de H en los colores de marca definidos), condición de medición acordada (M0, M1 o M2), respaldo blanco, iluminante D50 y observador de 2°, respecto a las referencias Lab acordadas sobre el sustrato del trabajo. Tolerancia: E00 2 en los colores de marca impresos como tinta directa y E00 4 en el resto. La evaluación visual, si procede, se realizará en cabina normalizada D50. La firma de la hoja OK por parte del cliente constituye la aceptación del color de referencia de la tirada, y a la entrega se adjuntará el informe de control de color.»
Los valores son un ejemplo: ajústalos a cada trabajo y a cada forma de construir el color. Lo importante es que existan. Ese párrafo es la diferencia entre una discusión eterna y una simple comprobación. Y de paso transmite algo muy potente: que en tu casa el color no se deja al azar, se controla. Eso también vende.
Reflexión final
Volvamos a la frase escondida del principio: la norma que regula tu offset se lava las manos con los colores directos, y la que regula la conformidad del color te manda pactarlos con tu cliente. Así que la decisión de cuándo el color de marca está bien la vais a tomar vosotros dos, antes de imprimir; o la tomará él solo, después, con el impreso en la mano y la frase de siempre. Elige tú el momento, porque el precio no es el mismo.
Y no hace falta una gran inversión para empezar: revisa cómo estás aceptando hoy los colores de marca, elige a los tres clientes que más incidencias de color te generan y proponles trabajar de esta forma. El método lo tienes en este artículo. Y si prefieres no recorrer el camino solo, apóyate en alguien que lo haya implantado todo esto antes en imprentas reales: a veces, una mirada externa con experiencia es la diferencia entre intentarlo y conseguirlo.
Porque el color más caro de tu imprenta no es el Pantone metalizado ni la tinta fluorescente: es el que nunca se pactó.






